mercredi 19 mai 2010

Las Creadoras de Literatura en el Maratón de la Creación 2010

Casal Roberta
Dickinson Janet
Guevara de Llanos Griselda M.

EL HOMBRE EQUIVOCADO

Por Roberta Casal


SABRINA SOSTENIA SU MIRADA- siempre miraba a los ojos de los otros.
-¿COMO PUEDE MENTIR TANTO? - pensó- Su silencio era elocuente. Dejaba que el contara lo que quisiera, sin interrumpirlo- Cuando el hubo callado, ella se levantó, dejó un dinero sobre la mesa del restaurante y le dijo: - PARA LAS PROPINAS –
El desconcertado, miro la abultada suma.
- Pero… se levantó raudo y la alcanzó antes de la salida con el dinero en las manos- ¿Para que esto? – dijo-
Ella, esplendida, bellísima, demoró unos segundos antes de darse vuelta y decirle, a pesar de sí misma con los ojos húmedos casi al borde de las lágrimas, contenida y segura:
- CONSIDERANDO lo mucho que te amé es poco el pago de los servicios prestados de mentiras, traiciones, falsedades, y por sobre todo, liberarme del hombre equivocado- le agradezco a mi corazón, que a pesar de todo, TE AMÓ- le agradezco a mi corazón la capacidad de amor que tiene que aun siendo lo que sos, te amé con el ALMA-
Cuando ella se fue, el aún con el dinero en las manos incapaz de moverse, vio que el único amor verdadero de su vida se perdía entre la muchedumbre.


El perro

El corazón le latía alocadamente. No sólo porque corría, sino mucho antes de emprender la veloz carrera alejándolo del lugar donde había presenciado la feroz paliza.
-¡Basta, basta, basta!-gritaba sin cesar.
La lluvia lavaba su rostro infantil arrasado en lágrimas.
Corría sin saber adónde ir, huyendo desesperado. La imagen de los hechos fijada dentro suyo se repetía atormentándolo.
Cruzó la ruta sin mirar-El Patrullero clavó los frenos justo a tiempo. Dos policías bajaron del vehículo asistiendo al niño.
Ya dentro del auto, uno de ellos lo abrazó y acarició la espalda, cuando el niño aflojó la tensión recostó su cabeza en el pecho del uniformado soltando un profundo sollozo. Cuánto hacía que un hombre no lo abrazaba!
-A ver… qué te anda pasando…correr así, bajo la lluvia, de noche….¿de quién te escapabas?
Ante el silencio del niño el policía agregó.-Sólo queremos ayudarte-y sacando un pañuelo le secó el rostro del agua, las lágrimas y los mocos.
Ya en la delegación le dijeron:-En un rato volvemos-Marina la oficial de turno te va a cuidar, le gustan los chicos y te va a hacer un riquísimo mate cocido con leche, Marina a ver si le secás la ropa a Juanito.
Después partieron a toda velocidad.
-¡Por fin vamos a meter adentro a ese hijo de Perra!
Con el testimonio del chico y de la madre si todavía no la mató, se va a comer unos cuantos años! Conozco a la señora, está yendo al centro de ayuda a la mujer golpeada. Justo ayer hablé con ella. Está decidida a denunciarlo-¡Apurá Capelo!
Cuando llegaron quedaron atónitos.
El miserable, tendido en un charco de sangre agonizaba.
La mujer brutalmente golpeada, balbuceaba.
-Fue el perro…fue el perro…
Saliendo de su estupor los policías se acercaron.
La garganta destrozada del hombre no dejaba lugar a dudas.


Roberta Casal



AUTOBIOGRAFÍA – LA INVOCACIÓN

de Janet Dickinson


Gerardo tenía sesenta y tres años. Hacía poco le habían diagnosticado un tumor cerebral inoperable. Después de la conmoción inicial, deliberó sobre que iba a hacer con el tiempo de vida que le quedaba, estimado por los médicos en meses. Le prometieron que aparte de algunos dolores de cabeza, controlables con medicamentos, no iba a sufrir demasiadas alteraciones de su estado habitual, sólo un decaimiento progresivo.
Decidió escribir su autobiografía. En realidad Gerardo había llevado una vida convencional, sin sobresaltos, pero había nacido, crecido y transcurrido toda su vida, en un lugar bellísimo del norte patagónico llamado San Martín de los Andes. Había visto la transformación de su pueblo chico y tranquilo en una pujante ciudad turística. Le pareció que el sólo hecho de vivir en un lugar así era merecedor de un recordatorio.
Comenzó por el principio. Su primer capítulo fue sobre su niñez y los recuerdos de una localidad pacífica poblada de álamos con calles de tierra bordeadas por acequias llenas de agua. Todos los veranos la machi de la tribu indígena que habitaba la región les traía cerezas y guindas que crecían en las laderas aledañas. Le habían hablado tanto de la machi, que le tenía miedo y la miraba escondido detrás de la leñera, observando sus extraños ojos claros en las facciones morenas. Era una mujer que inspiraba una cierta reverencia.

Dejando de lado su escritura Gerardo fue al banco para hacer algunos trámites indispensables. Al entrar encontró, sentada prolijamente en una silla con un bastón a su lado, una mujer, envejecida ya, pero que definitivamente era la misma machi que lo había atemorizado cuando era chico. Desde su niñez que no la veía. Parecía tan frágil que era difícil creer que alguna vez hubiera inspirado el miedo. La saludó con respeto, pero la machi lo miró con una expresión ausente en sus ojos claros, un poco nublados por las incipientes cataratas. No lo reconoció. Gerardo calculó que debería estar rondando los noventa años.

Otra memoria que resaltaba en su mente fueron los terremotos de 1960 que devastaron la ciudad de Concepción en Chile y se sintieron fuertemente en San Martín de los Andes, produciendo un pequeño tsunami en el lago Lacar. Empezó a describir sus sensaciones, el ruido, las sacudidas de la casa, cómo su madre lo había llevado envuelto en una frazada al jardín, el frío que hacía y el terror a las repeticiones.

Después de escribir este capítulo se acostó, cansado. Su cabeza latía con el esfuerzo de concentrarse en el relato. Despertó alrededor de la madrugada. La cama se agitaba enérgicamente debajo de él. Sin pensarlo dio un salto y corrió afuera. Todo, los árboles, la tierra, se movía incontrolablemente. Temblando esperó a que cesara, envuelto en una frazada. Volvió a percibir todas las sensaciones que había experimentado aquella primera vez, hacía tanto tiempo. Luego entró a la casa y se acostó de nuevo, pero no pudo dormir. A las dos horas hubo otra sacudida. A la mañana siguiente todos los medios dieron la noticia de que Chile había sido atacado por el peor terremoto desde 1960. La ciudad de Concepción y sus alrededores estaban destrozados con miles de personas destituidas y sin vivienda. Una vez pasado el susto Gerardo aun quedó intranquilo, pensando en la terrible coincidencia de los hechos con los párrafos de su autobiografía escritos el día anterior. Decidió seguir su historia con anécdotas más inocuas.

Comenzó a recordar la época de la escuela primaria, escribiendo sobre su adorada maestra de primer grado, la señora Matilde, y sus compañeritos, muchos de los cuales no había visto en años, retratando la primera escuela de San Martín de los Andes.

Pocos días después de concretar esta etapa del libro, le llegó una invitación inusual. La señora Matilde estaba por cumplir noventa años y todos sus ex alumnos estaban convocados a una gran fiesta en su honor. Gerardo fue a la fiesta, sorprendiéndose de encontrar a tanta gente conocida a quienes apenas había visto últimamente. Después del fallecimiento de su esposa, seis años antes, se había puesto muy ermitaño, casi sin salir de su casa.

No se dio cuenta al describir los crudos inviernos de su niñez, de nevadas intensas, todo el pueblo cubierto por un inmaculado manto blanco y las heladas convirtiendo las acequias en pistas de patinaje, que en Europa y Estados Unidos estaban padeciendo el peor invierno en cien años, las rutas cortadas y mucha gente sin techo que había perecido por el frío extremo. En San Martín de los Andes era verano.

A pesar de cierto temor intuitivo, no pude resistir relatar el episodio de la erupción del volcán Chalten al sur de Chile, cuya nube de cenizas se esparció de tal manera que llegó a la región del norte de la Patagonia. Lo recordaba porque con su mujer iban a tomar el vuelo a Buenos Aires desde el aeropuerto de Bariloche. Al llegar a esa ciudad vieron una pesada bruma, entre gris y marrón, que colgaba de la punta de los cerros. Parecía humo, pero era ceniza e impidió la salida de los vuelos durante varios días hasta que desapareció en otra dirección, impulsada por la traviesa voluntad de los vientos.

Casualmente, después de escribir estas líneas dedicadas al volcán Chalten, entró en erupción un volcán en Islandia, emitiendo una nube tan densa y opresiva que la mayoría de los aeropuertos en Europa tuvieron que anular sus vuelos por el espacio de una semana, causando un caos internacional.
La preocupación de Gerardo por la secuela que producían sus remembranzas comenzó a crecer. Coincidencia o no, determinó seguir la autobiografía con su historia de amor. El amor no le puede hacer daño a nadie, se dijo a sí mismo. Describió su encuentro con María; su noviazgo; el casamiento; el nacer de sus hijos; los años de compañerismo, logros y dificultades enfrentados juntos; su desolación al perderla, la entrañable soledad que sobrevino después de su muerte. Al teclear la notebook con estos recuerdos tan íntimos, felices y tristes miró por la ventana. En el portón de entrada vio una figura; un vestido blanco, un tapado beige. No podía ver el rostro, estaba difuso, pero supo, sin lugar a dudas, que era ella, María, su amada esposa. Con cuidado cerró la tapa de su notebook. La invocación había terminado. La historia había terminado, para volver a empezar. Recostó su cabeza un momento sobre el escritorio y luego se levantó para caminar despacio, muy despacio, hacia la imagen en el portón. Le tomó de las manos y juntos transitaron por un sendero que se dirigía a ninguna parte o a todas partes, envuelta en una niebla de recuerdos y nostalgias compartidas.
Gerardo Fernández falleció de un ataque al corazón, tirado sobre su escritorio, antes de que lo pudiera llevar el anunciado tumor. Según los demás, su autobiografía quedó inconclusa.




Griselda M. Guevara de Llanos
Poemas

Mon amour
Quand tu viens mon amour?
Je t’attends
Avec une fleur, avec un parfum
Quand tu viens mon amour ?
Je t’attends
À la fenêtre ouverte
Où le soleil brille
Quand tu viens mon amour ?
Je t’attends


Everywhere

There was nowhere to hide
Nowhere to ride
Nowhere to smile
The moment was blue
Everything had become
So sad.
All of a sudden
You were true
And a bright shinning light
Existed everywhere.

Maratón 2010 Alianza Francesa S M Andes
Griselda M. Guevara de Llanos
Poemas


El otoño en San Martín
La paleta de colores divina
Desplegó su mejor tonalidad
Ocres, amarillos, rojos y verdes
Entre lluvias y soles
Brillaron las laderas
En las cumbres
Toques de nieve
Recién caída
Mañanas heladas
Mediodías llenos de luz
Noches apasionadas
Algunas de ellas estrelladas
El mejor cielo para el amor.


Griselda M. Guevara de Llanos

El hombre y el color

Si su sangre lo llevaba como un mandato heredado, lo cierto era que algún día debía nacer. La cronología del tiempo determinó dónde y cuándo debía nacer. Las escenas imperantes de la juventud alentaban al desbande, todo el movimiento hippie de droga y descontrol. Y a él, el arte así, no lo convencía. El “hippismo de Nueva York”. El espíritu de la gracia divina, el saberse mucho más que un puñado de huesos forrados de músculos y piel.
Dicen quienes saben que las acuarelas amarillean cuando el papel sobre el cual se expanden envejece por el paso del tiempo. Por eso, cuando una acuarela se despliega sobre un paño de algodón, blanco, puro, liso, permanece su color en el tiempo. ¡Si solamente así fuese nuestra alma! ¡Si solamente el toque infinito pudiera permanecer! ¡Si solamente nos decidiéramos a brillar con pureza!
La espátula fue su aliada, su espada, su vínculo con la tela y el óleo, su nexo para plasmar lo que veía. Y por esa gracia divina, de ella vive hoy. Con ojos agudos, inflexibles y profundos, rodeado de almas jóvenes que despliegan candor. Poco a poco, se convierte en un hito, salpica de arte a su alrededor. Cuando la gente se amucha a verle, da un paso al costado. ¡Vean su pintura! ¡Vean la el reflejo de la creación! Arte y textura entremezcladas para verter sobre el paño la naturaleza Patagónica. Horas completas mirando los robles pellines, un atelier y su pintor.
Un hombre austriaco vestido de gaucho, su pañuelo al cuello y todo su color.



Inspirado en Georg Miciu.


Griselda M. Guevara de Llanos
El día que celebraron la vida en Bombadú

Nació Cecilia sin saber que el suyo, sería por muchos años, el único cumpleaños de los nacidos ese año. Nació Cecilia el cuatro de Enero. Para ese entonces Bombadú contaba con ciento veinte mil habitantes, se podría decir que era una ciudad pujante. Por supuesto que esos ciento veinte mil vivían en diversos barrios a lo largo y a lo ancho de la ciudad. Había unos cuántos de ellos que habitaban lujosas y bien habidas casas en el centro de la ciudad misma. Y unos cuantos más que habían urbanizado las afueras de la ciudad con casas más modestas, pero bonitas. Bombadú contaba con varias instituciones educativas, de hecho había dos renombradas Universidades donde los jóvenes y no tan jóvenes, podían cursar variadas carreras de grado y terciarias.
Cuando Cecilia cumplió ocho años se dio cuenta de que ningún otro niño de su grado festejaba el octavo cumpleaños. Todos ellos tenían nueve años. También se dio cuenta de que se sentía triste por no tener hermanos, y de hecho, empezó a reclamar uno a sus padres.
Cuando Cecilia cumplió veinticinco años, un dejo de tristeza la abrazó nuevamente al darse cuenta que no habían nacido niños en los últimos años en Bombadú.
En los hospitales y clínicas de Bombadú no se había atendido ningún parto, por vía natural o por cesárea, desde aquél día cuatro de Enero en el cual nació Cecilia. De hecho, en las dos clínicas privadas que estaban ubicadas en el centro de la ciudad, y donde principalmente se atendían pacientes de buen pasar, el último parto registrado había sido treinta y siete años atrás, cuando nació Juan Andrés.
Desde entonces las mujeres jóvenes de clase alta se habían estado preocupando mucho más por mantener abdómenes lisos, chatos y piernas sin celulitis, más que por dar a luz. La idea de pezones agrietados, y partos dolorosos era resistida. Asimismo, culturalmente la prioridad de finalizar estudios universitarios, y más tarde algún post grado en el exterior, estaba instituida en ese medio social. Por lo tanto, a los jóvenes matrimonios y a las jóvenes parejitas, no les parecía compatible la idea de criar hijos y ocuparse de uno mismo. Y por favor ¡No mencionemos a las mujeres adultas! ¡Ellas ambicionaban imitar a las jóvenes! Todas pretendían lucir esbeltos cuerpos bronceándose en bikinis diminutas cuando el verano llegaba.
En cambio la gente de los suburbios, sin posibilidad de acceder a estudios costosos, o cirugías láser, había dejado de tener niños once años más tarde que la gente adinerada, por otras razones. No muy distantes, si se quiere, de aquéllas. Al fin y al cabo las motivaciones humanas son disparadores insólitos y muchas veces poco humanos. Ellos, los trabajadores habían dejado de tener hijos por que generalmente ya eran muchos en una misma casa y las circunstancias financieras por momentos se tornaban en crueles limitantes.
Los médicos locales especialistas en ginecología y obstetricia, tanto quienes trabajaban en los hospitales públicos como quienes trabajaban en las dos clínicas privadas del centro, se habían dedicado a atender mujeres en la edad de la menopausia, mujeres en búsqueda del adecuado método anticonceptivo y algún que otro tratamiento no grato a causa de tumores en las mamas o en el útero. Aquellas mujeres que algunas décadas atrás habían sido llamadas “parteras”, por supuesto que habían tenido que adoptar otra ocupación. Nadie hablaba de abortos, ni de adopciones, y no se sabe si abortos no hubo o solamente se acallaba la conciencia.
En las iglesias, parroquias católicas y templos evangélicos, ya no se celebraban bautismos o actos de bendición de niños. Eran mucho más frecuentes los velorios y los cultos “en memoria de”. Se promovía la actividad coral, y de hecho era muy buena. No había orfanatos ni hogares de día ya que obviamente no había niños. Había bodas, sí claro, pero todos los clérigos suprimieron en sus discursos las palabras de “el fruto del vientre” “la bendición de los hijos” y similares.
No hubo reacción alguna al cierre de jardines de infantes, guarderías, escuelas primarias y secundarias en la ciudad. Era una consecuencia lógica. Por ende los maestros y profesores también debieron buscar otra ocupación. Las Universidades seguían abiertas ya que muchas personas aún de grandes optaban por “educarse”.
La población de Bombadú estaba en plena disminución. Como era de esperar, los ancianos morían a causa de su misma vejez. También hubo fallecimientos de personas que padecían enfermedades crónicas o terminales. Fueron los menos. La población mermaba.
A los veintitrés años Cecilia se graduó de fonoaudióloga. Había conocido a Juan Andrés en las prácticas del hospital. No querían mirarse mucho. Cecilia era oriunda de los suburbios y Juan provenía de una familia muy adinerada. Fue más embriagador de lo que ambos creían. Se amaron pasionalmente durante cuatro años y un día decidieron casarse.
La boda fue bellísima y la ocasión unió a muchos invitados de allá y de acá.
Cuando Cecilia cumplió treinta y dos años lloró. Se sentía incapaz de compartir sus anhelos más profundos con alguien. Cecilia quería tener un hijo.
Y pasaron cinco años más antes de que se sincerase con Juan.
¿Qué se había perdido en esos treinta y siete años?
¿Dónde se escuchaba el eco de los cantos infantiles?
¿Porqué habían sido los padres de Cecilia los últimos privilegiados en acariciar la suave piel de un bebé recién nacido?
Juan Andrés y Cecilia sacrificaron un viaje programado, un post grado más para Juan, y la compra de una casa de veraneo. Se animaron a la ilusión de engordar unos kilitos y reírse con un niño sentado en sus rodillas.
Cuando Cecilia estaba por cumplir treinta y ocho años fue madre de Clarita.
Junto con Clara reapareció la luz en la ciudad de Bombadú.
Ese fue el día que todo el pueblo de Bombadú celebró la vida.

Aucun commentaire: